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Gente de Gachantivá. “Viene cantando José”.

Gente de Gachantivá. Perfiles del ELTC2017.

Viene cantando José

Escrito por G. Jaramillo Rojas

La música constituye una revelación más alta que ninguna filosofía.

Ludwig van Beethoven

 

Es su voz la que recorre Gachantivá. Su secreta y decisiva voz que, como él, también va en moto. A lo renegado, pasea su gruesa figura calle arriba, calle abajo. El motor truena con regocijo en la tarde sabatina. Todo el pueblo lo ve trepar las montañas. Todos saben quién es y tienen una historia para contar. Una canción para recordar. Una cerveza para invitar.

Una y otra vez pasa por el mismo lugar. Levanta su mano derecha y, con una sonrisa estampada en su rostro, deja regada la incandescencia de una dentadura perfecta, impecable. A cuestas lleva su albacea embutida en un arcaico forro negro. Dice que es lo único que tiene y quizás lo único que algún día se llevará. José Antonio, su voz y su guitarra son lo mismo. No se pueden separar.

     Ya viene el nuevo día / comienza el amanecer / y por la colina arriba viene cantando José / con su guitarra en la mano / y su caminar ligero / llevando su fiel amigo / su perrito compañero / lleva los zapatos rotos / de tanto caminar / que por cosas del destino / nació para aventurar / en la escuela de la vida / piensa su mundo encontrar / aprendiendo varias cosas / para poderlo lograr / la noche tiende su manto / nos cubre la oscuridad / y allá en su rancho tendido / José dormitando está.

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      A los 17 años José Antonio tuvo su primera guitarra. Llegó a ella por error, o por antojo, no lo sabe muy bien. Lo cierto es que él se inició en la música como el guacharaquero y maraquero de la orquesta escolar. Lo de guitarrista fue un accidente o una broma del destino. Sigue sin precisar.

Nadie en su casa tenía disposiciones musicales, excepto su madre que cantaba: “a veces bien, a veces mal”. De cualquier manera, lo que sí logró transmitirle su madre, por encima de la prolijidad, fue la pasión por la música.

Aunque José Antonio nació y vivió en Bogotá, dice sentirse más gachantivense que cualquier gachantivense. Una vez vino, de niño, y sus impúberes ojos fueron embrujados por las montañas, mientras su cuerpecito se estremeció con la combinación de climas que allí se extienden como paradisíacos hábitos.

“Esto por acá es un remanso de paz inolvidable e incomparable. Acá no hay tristezas, el sufrimiento viene de las ciudades. Me fui de Bogotá porque me cansé de las rejas, las cámaras, las alarmas, las chapas. La ciudad es una cárcel. Usted me perdonará, pero uno tiene que ser muy masoquista para quedarse viviendo allá encerrado”.

La casa que habita José Antonio queda en zona rural de Gachantivá, sobre la carretera de entrada al pueblo, a unos 5 kilómetros de la plaza central. La construyó él mismo. Un día se le metió en la cabeza hacerla y empezó a poner palos y orillos de madera. Al cabo de algunos años y sin hacer maquetas ni bosquejos, se irguió una hermosa casa triangular de dos niveles y varios ambientes, una casa acogedora hasta el hastío. En la fachada cuelgan dos guitarras y los colores no pueden ser otros que los de la bandera de Boyacá. Ese es su santuario. El lugar donde ocurre la inspiración. Donde los instrumentos son los verdaderos y, quizás, los protagonistas más exclusivos: un arpa, un cuatro, maracas, guacharacas, cucharas, un tiple, un bajo, varias guitarras, una mandolina, micrófonos y amplificadores, aderezan el paisaje doméstico con inusitado orden.

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     Toca música latinoamericana: tangos, rancheras, bambucos, pasillos, sones. Lo que caiga, lo que salga, siempre y cuando sea folclor, tradición, historia.

“Estamos llenos de música extranjera y ritmos que no nos identifican. Música que no incita a conservar lo nuestro, sino a olvidarlo. La música nueva más que música es más bien ruido, un ruido que preocupa. Tanta música de la Guajira, de la Amazonía, del Pacífico, de los Llanos y no, a la gente le gusta más lo que no entiende, lo ajeno. Por ejemplo: una canción en inglés, por más que uno entienda el idioma, eso no es de uno, ni lo representa.”

José Antonio empuña su guitarra y empieza con las notas de una canción que le gusta mucho. Una canción escrita por su amigo Héctor Vargas, el mismo autor del célebre bambuco conocido como “sol boyacense”. Antes de empezar dice que si Héctor no la hubiera escrito él mismo se habría encargado de hacerlo “porque es puro pensamiento, pura purita verdad”.

     Nada tengo de africano / tal vez de asiático poco / de europeo tampoco / y el resto de americano / americano del sur / eso sí que quede claro / y para más boyacense / desde suelo colombiano / soy de espíritu inmigrante / en puerto triunfo y de gloria / y donde quiera que vaya / dejo un reguero de historia / llevo la frente bien alto / y mi pecho alto y erguido / lo mismo labro la tierra que hago una industria o un libro / en el amor soy sincero / y en la amistad consecuente / y me apasionan las hembras y los hombres bien valientes / historia raza y paisaje / cultura clima y riqueza / no hay en el mundo otra tierra que encierre tanta grandeza /

Toda esta música es la que le gusta interpretar, porque hay tradición de fondo, sentido de pertenencia, amor a lo propio y a la historia. Los referentes musicales más importantes de José Antonio son José Alfredo Jiménez de México; Juan Legido de España; Los Visconti y Atahualpa Yupanqui de Argentina; Arnulfo Briceño, José Barros, Jorge Villamil y Garzón y Collazos de Colombia.

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     Si pudiera ir a algún lugar fuera de Colombia, José Antonio no vacilaría: Argentina sería la tierra elegida.

El tango es poesía natural -dice-. Es la realidad, la sensibilidad, la trascendencia y la mezcla de un pueblo forjado por muchos pueblos. Fue su padre el que le enseñó a escucharlo, a sentirlo, a valorarlo. En su casa conserva como un tesoro un acetato de 33 revoluciones con dos tangos que para él son inmortales: Mano a mano y Cambalache.

El disco fue regalado a su padre por la mismísima María Eva Duarte de Perón. Esto sucedió en un congreso sindicalista celebrado en Buenos Aires al cual su padre asistió por ser el primer presidente de la UTC (Unión de Trabajadores de Colombia). José Antonio asegura que la primerísima primera dama argentina y su padre trabaron una muy buena amistad de la cual sobreviven algunas cartas, escritas en verso por ella y en prosa por él.

José Antonio reconoce a Carlos Gardel, no como un referente más, sino como su único maestro. Agarra su guitarra y no permite que me vaya de su casa sin que le escuche cantar un himno, su himno:

     Yo adivino el parpadeo / de las luces que a lo lejos / van marcando mi retorno. / Son las mismas que alumbraron / con sus pálidos reflejos / hondas horas de dolor. / Y aunque no quise el regreso / siempre se vuelve / al primer amor…