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Gente de Gachantivá. La Tierra Prometida

Gente de Gachantivá. Perfiles del ELTC2017.

La Tierra Prometida

Escrito por G. Jaramillo Rojas

“No heredamos la tierra de nuestros padres, la tomamos prestada de nuestros hijos.” Proverbio africano

Ir. Soekarno from Indonesia

    En una parcela, en zona rural de Gachantivá, Gloria y José construyeron una casa con sus propias manos. Viven allí, cercados por un paisaje que tranquilamente pudo haber inspirado a Claude Monet a emprender el camino de alguna obra maestra.

    Todo allí es simple, pero absoluto e intenso: el viento silva sus melodías de sosiego, mientras el sol repiquetea con devoción las orgullosas cumbres de las montañas. Una hoja seca vuela en busca de inmortalidad. Un par de perros juegan con la sombra de un arbolito bailador.

    Es la tierra prometida.

Aquí es imposible no perderse mirando, respirando, sintiendo. Hay formas de vivir bien sin necesidad de dañar la naturaleza -dice Gloria-.

    Alrededor de la casa hay cultivos de fresa, mora, ají, calabaza, brevas, papa, cebolla, plátano, lulo, uchuva, ahuyama, guatila y muchas, muchísimas, otras maravillas. José es el responsable directo del insuperable jardín. La aspereza de sus manos revela cautelosamente el cariño que le ha legado la tierra arada.

    Gloria y José llevan casados casi cuatro décadas y, desde el primer día de matrimonio, se prometieron que algún día vivirían en el campo. Ambos trabajaron duramente en Bogotá durante muchos años y, fruto de ese esfuerzo, pudieron dar el primer paso para hacer real el pacto nupcial: sacaron adelante a sus hijos, con estudio y todo. Ya después y como un torrente, la familia empezó a multiplicarse y ellos a pagar sus respectivas cuotas de cansancio. Hasta que una mañana, muy temprano, Gloria le recordó a José aquella promesa y de ahí en adelante todo fue complicidad. Amor puro. Y Simple cuestión de tiempo. “Cuando se trata de cumplir los sueños no hay barreras ni imposibles” -comenta José- mientras acerca su prominente nariz al vapor que se desprende de una deliciosa crema de ahuyama recién servida por Gloria. “Es una bendición poder disfrutar de lo que uno mismo siembra con tanta voluntad” -añade antes de sumergirse en el manjar-.

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    La finca, en su totalidad, es un refugio campesino. Gloria y José no quisieron encerrarse en su tierra como los típicos viejos que, hartos de la ciudad, huyen al campo a morirse en silencio. No. Ellos desearon, desde el principio, dejar las puertas abiertas a una tierra que representa sus ganas de vivir.

    Alquilan todo el año las cuatro habitaciones que tienen disponibles en su casa. Dejan acampar. Prestan servicio de alimentación con lo que ellos mismos siembran. Llevan a cabo asesorías en agricultura. También son guías turísticos.

    La experiencia de hospedarse en la hermosa casa de Gloria y José varía de acuerdo a los intereses del huésped, pero siempre parte de la misma máxima: “Aquí todo es más sano, uno se enferma menos y es más feliz”.

    Hasta el famoso ciclista boyacense Nairo Quintana se ha dejado embrujar por esta posada y sus servidores, viniendo en bicicleta desde Combita, en varias ocasiones, a tomar un delicioso jugo del día. Además, con el proyecto de reforestación que lidera Gloria todo se hace mucho más mágico de lo que ya es: “La meta es hacer un bosque de robles. Un bosque que tenga los nombres de todos los visitantes que se animen a sembrar”.

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  Gloria es una mujer muy tímida. Su delicada voz puede perderse fácilmente en la serenidad del entorno del cual es ama, señora y bracera. Con el futuro bosque de robles ella espera volver a generar el ecosistema adecuado para que la multiplicidad de especies que se han ido retornen, pero para quedarse y, lo más importante: generar agua, un bien natural que no es muy abundante en la zona.

Gracias a la minería acá no tenemos agua. En los últimos años se secó una quebrada y otra se intoxicó. Nos toca esperar la lluvia. Tenemos el río, pero esa agua fue vendida a Sutamarchán. Si necesitamos agua del río debemos sacar una licencia en Corpoboyacá.

    Gloria defiende la belleza del roble y la majestuosidad de su porte, bien sea en grupo o en soledad. Dice que estos árboles son un símbolo de fuerza y longevidad ya que pueden durar siglos y medir hasta 40 metros, además de que su madera es de la más férrea que se puede encontrar en la naturaleza.

Todo ser humano que se precie debería plantar por lo menos un árbol en su vida. El aporte es incalculable.

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Estos dos guardianes de la vida renacen a diario. Cada nuevo sol significa una motivación más para ejercer sus sueños. Para ellos no es la esperanza lo último que se pierde, sino las ganas de trabajar. Desde su ínfima porción de tierra enseñan y practican la solidaridad como modelo de desarrollo inagotable y múltiple. Son humildes, únicamente en el sentido que guarda la grandeza para los espíritus nobles. Pocos, como ellos, deciden tomarse muy a pecho el destino ecológico y ambiental del mundo. El compromiso que abanderan es sigiloso pero enérgico y, aunque utópico para muchos, basta con que sea real para ellos y para todos los que quieran visitarlos.

Gloria y José saben que tarde o temprano morirán, lejos de todo y de todos, pero no les importa, sus cientos de hijos seguirán creciendo en la perpetuidad del campo que protegen y eso, para ellos, es la verdadera prolongación de la existencia.