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Gente de Gachantivá. “La Última Partera”.

Gente de Gachantivá. Perfiles del ELTC2017.

La Última Partera.

Escrito por G. Jaramillo Rojas

Un pájaro que vuela siempre más rápido que la mirada.

Tomás Eloy Martínez.

    Una fría noche de principios de los años 80s doña Rosita Forero fue solicitada de urgencia en una casa de Gachantivá, su pueblo natal. Había sido llamada por un señor que, después de ver el rápido y complicado deterioro de la salud de su mujer, temía la viudez. Doña Rosita la vio, la masajeó, conversó con ella y, al cabo de media hora, mandó a buscar unas plantas medicinales que, si bien no le iban a aplazar la inminente cita con la muerte, sí le iban a apaciguar los infernales dolores a los que estaba sometida. Semanas después la señora murió. Lo que no sabía doña Rosita era que la difunta, en su lecho de muerte, había recomendado expresamente a su esposo que una vez pasara a mejor vida y después de un tiempo prudente de duelo, propusiera matrimonio a esa maravillosa y amorosa mujer que le había ayudado a transitar con dignidad ese último trayecto de su vida.

    El sexagenario viudo, haciendo caso a la última voluntad de su exesposa y después de varios meses de pugna con la soledad, se fue a consultar con el párroco del pueblo la viabilidad de su disposición. Ya con la bendición del representante de Dios en la tierra, se decidió a abordar a Rosita una tarde cualquiera, diciéndole, sin anestesia: ¿Quiere usted casarse conmigo? A lo cual doña Rosita, completamente anonadada y tras un largo silencio con él suplicando a sus espaldas, respondió que sí, no sin antes asegurarse con el mismo párroco de que no iba a tener problema alguno con el santísimo Dios de su devoción. Así, doña Rosita terminó siendo la nueva señora de la casa, la nueva esposa y la nueva madre.

    El matrimonio duró poco más de 25 años, hasta que otra fría noche de principios del siglo XXI, doña Rosita abrazó el último suspiro de su querido esposo y cerró suavemente sus ojos para siempre, después de lidiar mano a mano con una espinosa enfermedad.

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Gente de Gachantivá. "La Última Partera".

    Doña Rosita fue, durante muchos años, la partera oficial de Gachantivá. Aunque aún hoy lo sigue siendo, eso hay que decirlo en voz baja o incluso omitirlo, porque eso le ha traído varios problemas.

    El primer inconveniente que tuvo fue con una médica de la costa que llegó al pueblo a hacer su año rural:

Rosita, usted no tiene porqué atender a nadie en su casa, para eso están los centros de salud. Eso que usted hace además de ilegal e improcedente, pone en riesgo la vida de las personas.

    En otra ocasión el choque fue con el alcalde de turno:

    “Me llevaron a la policía por una muchacha que llegó a mi casa de improvisto, con casi ocho meses de embarazo. La cosa fue que le habían programado una cesárea y ella vino a mí por unos dolores muy intensos un mes antes de la fecha clínica. Entonces yo le toqué la barriga y enseguida me di cuenta que la criatura estaba en una posición inadecuada. Después de ubicarla empezaron unas contracciones y ahí mismo puse un plástico en la cama y una cobija alrededor y, en menos de dos horas, parió en mi casa. A la estación de policía llegó el alcalde, que era compadre mío, y me preguntó que por qué la había atendido en mi casa, a lo cual yo respondí que las fechas de Dios son únicas e inaplazables. Hoy en día la niña tiene 12 años y es mi ahijada.”

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    Las parteras están desapareciendo. El oficio y todos sus saberes milenarios están siendo devorados por los irrefrenables tentáculos de la medicina alopática, esa medicina aséptica y pedante, que se desarrolla en la frivolidad de laboratorios y hospitales. De esto es consciente doña Rosita. Pero no se turba. Su sabiduría le ha permitido entender que el orden de la desaparición es natural y que nada está hecho para siempre. Comenzando por nosotros mismos –asegura-. Sin embargo, ella ha intentado transmitir sus conocimientos, sobre todo a una hija que, por cosas de la vida, le salió enfermera. Cada vez que pueden, madre e hija, se reúnen para contarse sus experiencias. Sus conversaciones son cariñosas y muy respetuosas, aunque algunas veces no pueden evitarse las refutaciones. Lo cierto es que la hija sabe puntualmente, aunque no lo practique, cómo es el proceso tradicional de traer una criatura al mundo en condiciones que la ciencia y la tecnología descalifican y condenan.

     El oficio está desapareciendo porque cada vez hay menos personas que lo entiendan, lo amen y lo ejerzan. También hay una creciente desconfianza por parte de papás y mamás al considerar la práctica anticuada o simplemente peligrosa. Es una realidad. Las nuevas generaciones confían más en los cuchillos y las drogas de los médicos que en los saberes tradicionales y naturales.

    “Es increíble –señala doña Rosita- cómo las mamitas quedan convalecientes y estropeadas hasta un mes después de parir. Eso no es normal. Una mujer recién parida, como cualquier animalito del reino de Dios, debería poder seguir con sus labores cotidianas al cabo de uno o dos días, lógicamente atendiendo ciertos cuidados básicos.”

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    A doña Rosita le gusta contar sus anécdotas como partera:

    “Un domingo llegó a mi casa una muchacha a pedirme posada, venía sola, por allá de una vereda lejana. Ella tenía que ir a Tunja a que le hicieran una cesárea. A la mañana siguiente le empezaron las contracciones y me fui con ella para el centro de salud de Gachantivá. La entraron a la sala de partos y de repente la doctora empezó a gritar: ¡Rosita! ¡Rosita! ¡Por favor venga! Lo que pasaba era que después de nacido el bebé a la mamá se la había salido la matriz. La doctora nunca había visto algo así, pero yo ya lo había vivido. Los médicos creen que lo que no se encuentra en los manuales de medicina es imposible que pase. Ya de ahí en adelante la doctora, hasta que se fue del pueblo, me llamaba cada vez que sucedía algo extraordinario y yo le daba una mano. Yo no estoy en contra de la ciencia médica, ni más faltaba, pero sí estoy segura que hay muchas cosas que ignora y que los saberes tradicionales conocen muy bien. Creo que los dos saberes bien agarrados de la mano podrían mejorar la salud no solo de las mamás, sino de los pacientes en general.”

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"La Última Partera"

    Según sus cálculos, doña Rosita ha ayudado a traer a más de 150 personas al mundo, sin contar sus 6 hijos (4 mujeres y 2 varones) que fueron paridos por ella sola con la única ayuda “de mi diosito lindo, porque mi esposito era muy nervioso.”

    A los 13 años atendió su primer parto. La paciente fue su madre. Cuando tuvo a su hermano entre las manos y empezó a limpiarlo no pudo evitar lagrimear. En ese momento comprendió cuál iba a ser una de sus tareas en la vida. Una tarea ciertamente heredada de su abuela materna de la cual doña Rosita no puede olvidar algunas de las recomendaciones más importantes:

Limpiar la carita y los ojitos del bebé.

Cortar el cordón umbilical y amarrarlo enseguida a la pierna de la madre para que evitar que se desangre.

Cuando salga la placenta hay que echarla a quemar porque el calor del fuego hace que la mamá sienta ese calor y no se inflame.

    En la actualidad los pocos partos que asiste doña Rosita son de emergencia, generalmente porque la mamá no alcanza a llegar al centro de salud. Antes, la primera opción –y la única- ante cualquier síntoma o contracción, era su casa.

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    Doña Rosita también soba. Hace terapias de relajamiento, terapias prenatales, reubica huesos, tendones, atiende lesiones. Receta plantas para tratar diferentes dolencias y padecimientos. Diariamente recibe en su casa toda clase de gente que confía plenamente en sus valoraciones. Gente agradecida que le paga con lo que puede, no siempre con dinero.

    “Los médicos sólo siguen esquemas, casi no observan y mucho menos se animan a tocar. A mí me habría gustado estudiar medicina, pero medicina natural. Me interesan mucho las plantas y sus propiedades curativas, sin químicos, porque así se prolonga la vida.”

    Sus palabras son sabias. Su intuición excepcional. Sus pequeñas y tiernas manos cargan lustros enteros de experiencia y luz. La luz que todos necesitamos al nacer.